A principio de otoño, Andrés quedó sin nada que hacer. Don Pedro se había encargado de hablar a sus amigos influyentes, a ver si encontraba algún destino para su hijo.
Hurtado pasaba las mañanas en la Biblioteca Nacional, y por las tardes y noches paseaba. Una noche, al cruzar por delante del teatro de Apolo, se encontró con Montaner.
—Chico, ¡cuánto tiempo!—exclamó el antiguo condiscípulo, acercándosele.
—Sí, ya hace algunos años que no nos hemos visto.
Subieron juntos la cuesta de la calle de Alcalá, y al llegar a la esquina de la de Peligros, Montaner insistió para que entraran en el café de Fornos.
—Bueno, vamos—dijo Andrés.
Era sábado y había gran entrada; las mesas estaban llenas; los trasnochadores, de vuelta de los teatros, se preparaban a cenar, y algunas busconas paseaban la mirada de sus ojos pintados por todo el ámbito de la sala.
Montaner tomó ávidamente el chocolate que le trajeron, y después le preguntó a Andrés:
—¿Y tú, qué haces?
—Ahora nada. He estado en un pueblo. ¿Y tú? ¿Concluíste la carrera?