Un amigo del padre de Hurtado, alto empleado en Gobernación, había prometido encontrar un destino para Andrés. Este señor vivía en la calle de San Bernardo. Varias veces estuvo Andrés en su casa, y siempre le decía que no había nada; un día le dijo:

—Lo único que podemos darle a usted, es una plaza de médico de higiene que va a haber vacante. Diga usted si le conviene, y, si le conviene, le tendremos en cuenta.

—Me conviene.

—Pues ya le avisaré a tiempo.

Este día, al salir de casa del empleado, en la calle Ancha, esquina a la del Pez, Andrés Hurtado se encontró a Lulú. Estaba igual que antes; no había variado nada.

Lulú se turbó un poco al ver a Hurtado, cosa rara en ella. Andrés la contempló con gusto. Estaba con su mantillita, tan fina, tan esbelta, tan graciosa. Ella le miraba, sonriendo un poco ruborizada.

—Tenemos mucho que hablar—le dijo Lulú—; yo me estaría charlando con gusto con usted, pero tengo que entregar un encargo. Mi madre y yo, solemos ir los sábados al café de la Luna. ¿Quiere usted ir por allá?

—Sí, iré.

—Vaya usted mañana, que es sábado. De nueve y media a diez. No falte usted, ¿eh?