—No, no faltaré.

Se despidieron, y Andrés, al día siguiente por la noche, se presentó en el café de la Luna. Estaban doña Leonarda y Lulú en compañía de un señor de anteojos, joven. Andrés saludó a la madre, que le recibió secamente, y se sentó en una silla lejos de Lulú.

—Siéntese usted aquí—dijo ella, haciéndole sitio en el diván.

Se sentó Andrés cerca de la muchacha.

—Me alegro mucho que haya usted venido—dijo Lulú—; tenía miedo de que no quisiera usted venir.

—¿Por qué no había de venir?

—¡Como es usted tan así!

—Lo que no comprendo es por qué han elegido ustedes este café. ¿O es que ya no viven allí en la calle del Fúcar?

—¡Ca, hombre! Ahora vivimos aquí en la calle del Pez. ¿Sabe usted quién nos resolvió la vida de plano?

—¿Quién?