—Murió el pobre...; me dió una pena.

—¿Y de qué murió?

—De hambre. Una noche entramos la Venancia y yo en su cuarto, y estaba acabando, y él decía con aquella vocecita que tenía:—No, si no tengo nada; no se molesten ustedes; un poco de debilidad nada más—, y se estaba muriendo.

A la una y media de la noche, doña Leonarda y Lulú se levantaron, y Andrés las acompañó hasta la calle del Pez.

—¿Vendrá usted por aquí?—le dijo Lulú.

—Sí; ¡ya lo creo!

—Algunas veces suele venir Julio también.

—¿No le tiene usted odio?

—¿Odio? Más que odio siento por él desprecio, pero me divierte, me parece entretenido, como si viera un bicho malo metido debajo de una copa de cristal.