—Es verdad—replicó Lulú—, porque mire usted que los hombres son mentirosos, pues las mujeres todavía son más. A los pocos días, don Prudencio se presenta en casa; habla a Niní y a mamá, y boda. Y allí le hubiera usted visto a Julio unos días después en casa, que fué a devolver las cartas a Niní, con la risa del conejo, cuando mamá le decía con la boca llena que don Prudencio tenía tantos miles de duros y una finca aquí y otra allí...

—Le estoy viendo a Julio con esa tristeza que le da pensar que los demás tienen dinero.

—Sí, estaba frenético. Después del viaje de boda, don Prudencio me preguntó—: Tú ¿qué quieres? ¿Vivir con tu hermana y conmigo o con tu madre? Yo le dije: Casarme no me he de casar; estar sin trabajar tampoco me gusta; lo que preferiría es tener una tiendecita de confecciones de ropa blanca y seguir trabajando—. Pues nada, lo que necesites dímelo. Y puse la tienda.

—¿Y la tiene usted?

—Sí; aquí en la calle del Pez. Al principio mi madre se opuso, por esas tonterías de que si mi padre había sido esto o lo otro. Cada uno vive como puede. ¿No es verdad?

—Claro. ¡Qué cosa más digna que vivir del trabajo!

Siguieron hablando Andrés y Lulú largo rato. Ella había localizado su vida en la casa de la calle del Fúcar, de tal manera, que sólo lo que se relacionaba con aquel ambiente le interesaba. Pasaron revista a todos los vecinos y vecinas de la casa.

—¿Se acuerda usted de aquel don Cleto, el viejecito?—le preguntó Lulú.

—Sí; ¿qué hizo?