—¿Por qué lo dice usted?—preguntó Andrés.
—Porque ésta le tiene a usted un cariño verdaderamente raro. Y la verdad, no sé por qué.
—Yo tampoco sé que a las personas se les tenga cariño por algo—replicó Lulú vivamente—; se las quiere o no se las quiere; nada más.
Doña Leonarda, con un mohín despectivo, cogió el periódico de la noche y se puso a leerlo. Lulú siguió hablando con Andrés.
—Pues verá usted cómo nos resolvió la vida Julio—dijo ella en voz baja—. Yo ya le decía a usted que era un canalla que no se casaría con Niní. Efectivamente; cuando concluyó la carrera comenzó a huir el bulto y a no aparecer por casa. Yo me enteré, y supe que estaba haciendo el amor a una señorita de buena posición. Llamé a Julio y hablamos; me dijo claramente que no pensaba casarse con Niní.
—¿Así, sin ambages?
—Sí; que no le convenía; que sería para él un engorro casarse con una mujer pobre. Yo me quedé tranquila y le dije: Mira, yo quisiera que tú mismo fueras a ver a don Prudencio y le advirtieras eso. ¿Qué quieres que le advierta?—me preguntó él—. Pues nada; que no te casas con Niní porque no tienes medios; en fin, por las razones que me has dado.
—Se quedaría atónito—exclamó Andrés—, porque él pensaba que el día que lo dijera iba a haber un cataclismo en la familia.
—Se quedó helado, en el mayor asombro—. Bueno, bueno—dijo—, iré a verle y se lo diré. Yo le comuniqué la noticia a mi madre, que pensó hacer algunas tonterías, pero que no las hizo; luego se lo dije a Niní, que lloró y quiso tomar venganza. Cuando se tranquilizaron las dos, le dije a Niní que vendría don Prudencio y que yo sabía que a don Prudencio le gustaba ella y que la salvación estaba en don Prudencio. Efectivamente; unos días después vino don Prudencio en actitud diplomática; habló de que si Julio no encontraba destino, de que si no le convenía ir a un pueblo... Niní estuvo admirable. Desde entonces, yo ya no creo en las mujeres.
—Esa declaración tiene gracia—dijo Andrés.