—¿Y esas mujeres vivirán mal?
—Muy mal; duermen en cualquier rincón amontonadas, no comen apenas; les dan unas palizas brutales; y cuando envejecen y ven que ya no tienen éxito, las cogen y las llevan a otro pueblo sigilosamente.
—¡Qué vida! ¡Qué horror!—murmuró Lulú.
—Luego todas estas amas de prostíbulo—siguió diciendo Andrés—, tienen la tendencia de martirizar a las pupilas. Hay algunas que llevan un vergajo, como un cabo de vara, para imponer el orden. Hoy he visitado una casa de la calle de Barcelona, en donde el matón es un hombre afeminado a quien llaman el Cotorrita, que ayuda a la celestina al secuestro de las mujeres. Este invertido se viste de mujer, se pone pendientes, porque tiene agujeros en las orejas, y va a la caza de muchachas.
—Qué tipo.
—Es una especie de halcón. Este eunuco, por lo que me han contado las mujeres de la casa, es de una crueldad terrible con ellas, y las tiene aterrorizadas—. Aquí, me ha dicho el Cotorrita, no se da de baja a ninguna mujer.—¿Por qué?—le he preguntado yo.—Porque no—; y me ha enseñado un billete de cinco duros. Yo he seguido interrogando a las pupilas y he mandado al hospital a cuatro. Las cuatro estaban enfermas.
—¿Pero esas mujeres no tienen alguna defensa?
—Ninguna; ni nombre, ni estado civil, ni nada. Las llaman como quieren; todas responden a nombres falsos; Blanca, Marina, Estrella, África... En cambio, las celestinas y los matones están protegidos por la policía, formada por chulos y por criados de políticos.
—¿Vivirán poco todas ellas?—dijo Lulú.
—Muy poco. Todas estas mujeres tienen una mortalidad terrible; cada ama de esas casas de prostitución ha visto sucederse y sucederse generaciones de mujeres; las enfermedades, la cárcel, el hospital, el alcohol, va mermando esos ejércitos. Mientras la celestina se conserva agarrada a la vida, todas esas carnes blancas, todos esos cerebros débiles y sin tensión van cayendo al pudridero.