Andrés solía sentarse cerca del mostrador. Lulú le veía sombrío y meditabundo.

—Vamos, hombre, ¿qué le pasa a usted?—le dijo Lulú un día que le vió más hosco que de ordinario.

—Verdaderamente—murmuró Andrés—el mundo es una cosa divertida: hospitales, salas de operaciones, cárceles, casas de prostitución; todo lo peligroso tiene su antídoto; al lado del amor la casa de prostitución; al lado de la libertad la cárcel. Cada instinto subversivo, y lo natural es siempre subversivo, lleva al lado su gendarme. No hay fuente limpia sin que los hombres metan allí las patas y la ensucien. Está en su naturaleza.

—¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Qué le ha pasado a usted?—preguntó Lulú.

—Nada; este empleo sucio que me han dado, me perturba. Hoy me han escrito una carta las pupilas de una casa de la calle de la Paz, que me preocupa. Firman Unas desgraciadas.

—¿Qué dicen?

—Nada; que en esos burdeles hacen bestialidades. Estas desgraciadas que me envían la carta me dicen horrores. La casa donde viven se comunica con otra. Cuando hay una visita del médico o de la autoridad, a todas las mujeres no matriculadas las esconden en el piso tercero de la otra casa.

—¿Para qué?

—Para evitar que las reconozcan, para tenerlas fuera del alcance de la autoridad que, aunque injusta y arbitraria, puede dar un disgusto a las amas.