—Yo le diría que no—contestó Iturrioz—. Ahora, que él hiciera después lo que quisiera.

—Pero hay que darle una razón.

—¡Qué más razón! Él es casi un enfermo, ella también, él vacila... basta; que no se case.

—No, eso no basta.

—Para mí sí; yo pienso en el hijo; yo no creo, como Calderón, que el delito mayor del hombre sea el haber nacido. Esto me parece una tontería poética. El delito mayor del hombre es hacer nacer.

—¿Siempre? ¿Sin excepción?

—No. Para mí el criterio es éste: Se tienen hijos sanos a quienes se les da un hogar, protección, educación, cuidados... podemos otorgar la absolución a los padres; se tienen hijos enfermos, tuberculosos, sifilíticos, neurasténicos, consideremos criminales a los padres.

—¿Pero eso se puede saber con anterioridad?

—Sí, yo creo que sí.