Andrés tomó la mano de Lulú entre las suyas y las llevó a sus labios. Hablaron los dos largo rato, hasta que se oyó la voz de doña Leonarda.
—Me voy—dijo Andrés, levantándose.
—Adiós—exclamó ella, estrechándose contra él—. Y ya no me dejes más, Andrés. Donde tú vayas, llévame.
SÉPTIMA PARTE
La experiencia del hijo.
I
EL DERECHO A LA PROLE
Unos días más tarde Andrés se presentaba en casa de su tío. Gradualmente llevó la conversación a tratar de cuestiones matrimoniales, y después dijo:
—Tengo un caso de conciencia.
—¡Hombre!
—Sí. Figúrese usted que un señor a quien visito, todavía joven, pero hombre artrítico, nervioso, tiene una novia, antigua amiga suya, débil y algo histérica. Y este señor me pregunta: ¿Usted cree que me puedo casar? Y yo no sé qué contestarle.