Iturrioz encontró el trabajo, que consistía en traducir artículos y libros para una revista médica que publicaba al mismo tiempo obras nuevas de especialidades.
—Ahora te darán dos o tres libros en francés para traducir—le dijo Iturrioz—; pero vete aprendiendo el inglés, porque dentro de unos meses te encargarán alguna traducción en este idioma y entonces, si necesitas, te ayudaré yo.
—Muy bien. Se lo agradezco a usted mucho.
Andrés dejó su cargo en la Sociedad La Esperanza. Estaba deseándolo; tomó una casa en el barrio de Pozas, no muy lejos de la tienda de Lulú.
Andrés pidió al casero que de los tres cuartos que daban a la calle le hiciera uno, y que no le empapelara el local que quedase después, sino que lo pintara de un color cualquiera.
Este cuarto sería la alcoba, el despacho, el comedor para el matrimonio. La vida en común la harían constantemente allí.
—La gente hubiera puesto aquí la sala y el gabinete y después se hubieran ido a dormir al sitio peor de la casa—decía Andrés.
Lulú miraba estas disposiciones higiénicas como fantasías, chifladuras; tenía una palabra especial para designar las extravagancias de su marido.
—¡Qué hombre más ideático!—decía.
Andrés pidió prestado a Iturrioz algún dinero para comprar muebles.