—¿Cuánto necesitas?—le dijo el tío.
—Poco; quiero muebles que indiquen pobreza; no pienso recibir a nadie.
Al principio doña Leonarda quiso ir a vivir con Lulú y con Andrés; pero éste se opuso.
—No, no—dijo Andrés—; que vaya con tu hermana y con don Prudencio. Estará mejor.
—¡Qué hipócrita! Lo que sucede es que no la quieres a mamá.
—Ah, claro. Nuestra casa ha de tener una temperatura distinta a la de la calle. La suegra sería una corriente de aire frío. Que no entre nadie, ni de tu familia ni de la mía.
—¡Pobre mamá! ¡Qué idea tienes de ella!—decía riendo Lulú.
—No; es que no tenemos el mismo concepto de las cosas; ella cree que se debe vivir para fuera y yo no.
Lulú, después de vacilar un poco, se entendió con su antigua amiga y vecina la Venancia y la llevó a su casa. Era una vieja muy fiel, que tenía cariño a Andrés y a Lulú.
—Si le preguntan por mí—le decía Andrés—diga usted siempre que no estoy.