—Bueno, señorito.
Andrés estaba dispuesto a cumplir bien en su nueva ocupación de traductor.
Aquel cuarto aireado, claro, donde entraba el sol, en donde tenía sus libros, sus papeles, le daba ganas de trabajar.
Ya no sentía la impresión de animal acosado, que había sido en él habitual. Por la mañana tomaba un baño y luego se ponía a traducir.
Lulú volvía de la tienda y la Venancia les servía la comida.
—Coma usted con nosotros—le decía Andrés.
—No, no.
Hubiera sido imposible convencer a la vieja de que se podía sentar a la mesa con sus amos.
Después de comer, Andrés acompañaba a Lulú a la tienda y luego volvía a trabajar en su cuarto.
Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían bastante para vivir con lo que ganaba él, que podían dejar la tienda; pero ella no quería.