—Sí; pero no mucho. Como iba contigo...
—Qué espejismo—pensó él—, mi mujer cree que soy un Hércules.
Todos los conocidos de Lulú y de Andrés se maravillaban de la armonía del matrimonio.
—Hemos llegado a querernos de verdad—decía Andrés—, porque no teníamos interés en mentir.
III
EN PAZ
Pasaron muchos meses y la paz del matrimonio no se turbó.
Andrés estaba desconocido. El método de vida, el no tener que sufrir el sol, ni subir escaleras, ni ver miserias, le daba una impresión de tranquilidad, de paz.
Explicándose como un filósofo, hubiera dicho que la sensación de conjunto de su cuerpo, la cenesthesia era en aquel momento pasiva, tranquila, dulce. Su bienestar físico le preparaba para ese estado de perfección y de equilibrio intelectual, que los epicúreos y los estoicos griegos llamaron ataraxia, el paraíso del que no cree.