—No, no. ¿Y si tuviéramos un hijo? Hay que ahorrar.

¡El hijo! Andrés no quería hablar, ni hacer la menor alusión a este punto verdaderamente delicado; le producía una gran inquietud.

La religión y la moral vieja gravitan todavía sobre uno—se decía—; no puede uno echar fuera completamente el hombre supersticioso que lleva en la sangre la idea del pecado.

Muchas veces, al pensar en el porvenir, le entraba un gran terror; sentía que aquella ventana sobre el abismo podía entreabrirse.

Con frecuencia, marido y mujer iban a visitar a Iturrioz, y éste también a menudo pasaba un rato en el despacho de Andrés.

Un año, próximamente, después de casados, Lulú se puso algo enferma; estaba distraída, melancólica, preocupada.

—¿Qué le pasa? ¿Qué tiene?—se preguntaba Andrés con inquietud.

Pasó aquella racha de tristeza, pero al poco tiempo volvió de nuevo con más fuerza; los ojos de Lulú estaban velados, en su rostro se notaban señales de haber llorado.

Andrés, preocupado, hacía esfuerzos para parecer distraído; pero llegó un momento en que le fué imposible fingir que no se daba cuenta del estado de su mujer.

Una noche le preguntó lo que le ocurría, y ella, abrazándose a su cuello, le hizo tímidamente la confesión de lo que le pasaba.