—Yo no. Si quieres comprar, compra algo para la casa o para ti.
Lulú seguía con la tiendecita; iba y venía del obrador a su casa, unas veces de mantilla, otras con un sombrero pequeño.
Desde que se había casado estaba de mejor aspecto; como andaba más al aire libre tenía un color sano. Además, su aire satírico se había suavizado, y su expresión era más dulce.
Varias veces desde el balcón vió Hurtado que algún pollo o algún viejo habían venido hasta casa, siguiendo a su mujer.
—Mira, Lulú le decía—, ten cuidado; te siguen.
—¿Sí?
—Sí; la verdad es que te estás poniendo muy guapa. Vas a hacerme celoso.
—Sí, mucho. Tú ya sabes demasiado cómo yo te quiero—replicaba ella—. Cuando estoy en la tienda, siempre estoy pensando: ¿Qué hará aquél?
—Deja la tienda.