Ella sabía que estos desórdenes nerviosos tenían las mujeres embarazadas, y no les daba importancia; pero él temblaba.
La madre de Lulú comenzó a frecuentar la casa, y como tenía mala voluntad para Andrés, envenenaba todas las cuestiones.
Uno de los médicos que colaboraba en la revista, un hombre joven, fué varias veces a ver a Lulú.
Según decía, se encontraba bien; sus manifestaciones histéricas no tenían importancia, eran frecuentes en las embarazadas. El que se encontraba cada vez peor era Andrés.
Su cerebro estaba en una tensión demasiado grande, y las emociones que cualquiera podía sentir en la vida normal, a él le desequilibraban.
—Ande usted, salga usted—le decía el médico.
Pero fuera de casa ya no sabía qué hacer.
No podía dormir, y después de ensayar varios hipnóticos, se decidió a tomar morfina. La angustia le mataba.
Los únicos momentos agradables de su vida eran cuando se ponía a trabajar. Estaba haciendo un estudio sintético de las aminas, y trabajaba con toda su fuerza para olvidarse de sus preocupaciones y llegar a dar claridad a sus ideas.