—Bueno, bueno—dijo el médico—, basta; ahora hay que tener energía.

Intentó provocar la expulsión de la placenta, por la comprensión, pero no lo pudo conseguir. Sin duda estaba adherida. Tuvo que extraerla con la mano. Inmediatamente después, dió a la parturiente una inyección de ergotina, pero no pudo evitar que Lulú tuviera una hemorragia abundante.

Lulú quedó en un estado de debilidad grande; su organismo no reaccionaba con la necesaria fuerza.

Durante dos días estuvo en este estado de depresión. Tenía la seguridad de que se iba a morir.

—Si siento morirme—le decía a Andrés—es por ti. ¿Qué vas a hacer tú, pobrecito, sin mí?—y le acariciaba la cara.

Otras veces era el niño lo que la preocupaba y decía:

—Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. ¿Por qué se habrá muerto, Dios mío?

Andrés la miraba con los ojos secos.

En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés salió de la alcoba extenuado. Estaban en la casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno de alhajas. Andrés entró en el cuartucho donde dormía, se puso una inyección de morfina, y quedó sumido en un sueño profundo.