El secreto de Lamela era que estaba enamorado, pero enamorado de verdad, de una mujer de la aristocracia, una mujer de título, que andaba en coche e iba a palco al Real.

Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le contó sus amores con toda clase de detalles. Ella estaba enamoradísima de él, según aseguraba el estudiante; pero existían una porción de dificultades y de obstáculos que impedían la aproximación del uno al otro.

A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo distinto a la generalidad. En las novelas se daba como anomalía un hombre joven sin un gran amor; en la vida lo anómalo era encontrar un hombre enamorado de verdad. El primero que conoció Andrés fué Lamela; por eso le interesaba.

El viejo estudiante padecía un romanticismo intenso, mitigado en algunas cosas por una tendencia beocia de hombre práctico: Lamela creía en el amor y en Dios; pero esto no le impedía emborracharse y andar de crápula con frecuencia. Según él, había que dar al cuerpo necesidades mezquinas y groseras y conservar el espíritu limpio.

Esta filosofía la condensaba, diciendo: Hay que dar al cuerpo lo que es del cuerpo, y al alma lo que es del alma.

—Si todo eso del alma, es una pamplina—le decía Andrés—. Son cosas inventadas por los curas para sacar dinero.

—¡Cállate, hombre, cállate! No disparates.

Lamela en el fondo era un rezagado en todo: en la carrera y en las ideas. Discurría como un hombre de a principio del siglo. La concepción mecánica actual del mundo económico y de la sociedad, para él no existía. Tampoco existía cuestión social. Toda la cuestión social se resolvía con la caridad y con que hubiese gentes de buen corazón.