—Eres un verdadero católico—le decía Andrés-; te has fabricado el más cómodo de los mundos.
Cuando Lamela le mostró un día a su amada, Andrés se quedó estupefacto. Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años que un loro.
Además de su aire antipático, ni siquiera hacía caso del estudiante gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y avinagrado.
Al espíritu fantaseador de Lamela no llegaba nunca la realidad.
A pesar de su apariencia sonriente y humilde, tenía un orgullo y una confianza en sí mismo extraordinaria; sentía la tranquilidad del que cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones humanas.
Delante de los demás compañeros Lamela no hablaba de sus amores: pero cuando le cogía a Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus confidencias no tenían fin.
A todo le quería dar una significación complicada y fuera de lo normal.
—Chico—decía sonriendo y agarrando del brazo a Andrés—. Ayer la vi.
—¡Hombre!
—Sí—añadía con gran misterio—. Iba con la señora de compañía; fuí detrás de ella, entró en su casa y poco después salió un criado al balcón. ¿Es raro, eh?