—¿Raro? ¿Por qué?—preguntaba Andrés.
—Es que luego el criado no cerró el balcón.
Hurtado se le quedaba mirando preguntándose cómo funcionaría el cerebro de su amigo para encontrar extrañas las cosas más naturales del mundo y para creer en la belleza de aquella dama.
Algunas veces que iban por el Retiro charlando, Lamela se volvía y decía:
—¡Mira, cállate!
—Pues ¿qué pasa?
—Que aquel que viene allá es de esos enemigos míos que le hablan a ella mal de mí. Viene espiándome.
Andrés se quedaba asombrado. Cuando ya tenía más confianza con él le decía:
—Mira, Lamela, yo como tú, me presentaría a la Sociedad de Psicología de París o de Londres.
—¿A qué?