—¡Quita de ahí, hombre! No sería mal imbécil.
—Pero has inutilizado a la muchacha.
—¡Yo! ¡Qué estupidez!
—¿Pues no es tu querida?
—¿Y quién lo sabe? Además, ¿a quién le importa?
—Sin embargo...
—¡Ca! Hay que dejarse de tonterías y aprovecharse. Si tú puedes hacer lo mismo, serás un tonto si no lo haces.
A Hurtado no le parecía bien este egoísmo; pero tenía curiosidad por conocer a la familia, y fué una tarde con Julio a verla.
Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del Fúcar, en una casa sórdida, de esas con patio de vecindad y galerías llenas de puertas.