—¿Tú sabes bailar?—le preguntó Aracil a Hurtado.

—Yo no.

—Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala con consideración.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque hace un momento—añadió Julio con ironía—doña Leonarda me ha dicho: A mis hijas hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito, como si fueran vírgenes.

Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de hombre mal intencionado y canalla.

Andrés fué abriéndose paso. Había varios quinqués de petróleo iluminando la sala y el gabinete. En el comedorcito, la mesa ofrecía a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino blanco. Entre las muchachas que más sensación producían en el baile había una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía su historia. Un señor rico que la rondaba se la llevó a un hotel de la Prosperidad, y días después la rubia se escapó del hotel, huyendo del raptor, que al parecer era un sátiro.

Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad. El padre, un venerable anciano por su aspecto, había tenido un proceso por violar a una niña, y un hermano de la rubia, después de disparar dos tiros a su mujer, intentó suicidarse.

A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas las vecinas con un odio furioso.