Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el balcón, para que rabiaran las muchachas de la vecindad, medias negras caladas, camisas de seda llenas de lacitos y otra porción de prendas interiores lujosas y espléndidas que no podían proceder más que de un comercio poco honorable.

Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran con aquella muchacha; según decía, ella no podía sancionar amistades de cierto género.

La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece años, era muy bonita, muy descocada, y seguía, sin duda, las huellas de la mayor.

—¡Esta peque de la vecindad es más sinvergüenza!—dijo una vieja detrás de Andrés, señalando a la Elvira.

La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al moverse, sus caderas y su pecho abultado, se destacaban de una manera un poco insultante.

Casares, al verla pasar, la decía:

—¡Vaya usted con Dios, guerrera!

Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.

—Muy tarde ha venido usted—le dijo ella.