—¿Por qué?—preguntó Andrés, enrojeciendo súbitamente.
—¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? ¿Sí, verdad?
—No, no me ha dicho nada.
—Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es demasiado delicado para confesarlo. A él le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre, una señorita cursi como nosotras para entretenerse, y después se busca una mujer que tenga algún dinero para casarse.
—No creo que esa sea su intención.
—¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní? En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y total, ¿para qué?
—No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo haría.
—Usted no, porque usted es de otra manera... Además, en usted no hay caso, porque no se va a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse.
—¿Por qué no?
—Porque no.