Andrés salió a la calle con un grupo de hombres.
Hacía un frío intenso.
—¿Adónde iríamos?—preguntó Julio.
—Vamos a casa de doña Virginia—propuso Casares—. ¿Ustedes la conocerán?
—Yo sí la conozco—contestó Aracil.
Se acercaron a una casa próxima, de la misma calle, que hacía esquina a la de la Verónica. En un balcón del piso principal se leía este letrero a la luz de un farol:
VIRGINIA GARCÍA
Comadrona con título del colegio
de san carlos
(Sage femme.)
—No se ha debido acostar, porque hay luz—dijo Casares.
Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta, y subieron todos al piso principal. Salió a recibirles una criada vieja que les pasó a un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos hombres. Tenían delante una botella de vino y tres vasos.
Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco años revoloteando por el mundo. Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de un cochinillo asado y unos lunares en el mentón que le hacían parecer una mujer barbuda.