Andrés la conocía de vista por haberla encontrado en San Carlos en la clínica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de niña bastante ridículos.
De los dos hombres, uno era el amante de la comadrona. Doña Virginia le presentó como un italiano profesor de idiomas de un colegio. Este señor, por lo que habló, daba la impresión de esos personajes que han viajado por el extranjero viviendo en hoteles de dos francos y que luego ya no se pueden acostumbrar a la falta de confort de España.
El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada menos que el director de la revista El Masón Ilustrado.
Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel día estaba de guardia, cuidando a una parturiente. La comadrona tenía una casa bastante grande con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica; allí instalaba a las muchachas, hijas de familia, a las cuales, un mal paso dejaba en situación comprometida.
Doña Virginia pretendía demostrar que era de una exquisita sensibilidad.
—¡Pobrecitas!—decía de sus huéspedas—. ¡Qué malos son ustedes los hombres!
A Andrés esta mujer le pareció repulsiva.
En vista de que no podían quedarse allí, salió todo el grupo de hombres a la calle. A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando a una chulapa con la que pensaba ir al baile de la Zarzuela.
—¡Hola, Victorio!—le saludó Aracil.
—¡Hola, Julio!—contestó el otro—. ¿Qué tal? ¿De dónde salen ustedes?