—De aquí; de casa de doña Virginia.
—¡Valiente tía! Es una explotadora de esas pobres muchachas que lleva a su casa engañadas.
¡Un prestamista llamando explotadora a una comadrona! Indudablemente, el caso no era del todo vulgar.
El director de El Masón Ilustrado, que se reunió con Andrés, le dijo con aire grave que doña Virginia era una mujer de cuidado; había echado al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; no le asustaba nada. Hacía abortar, suprimía chicos, secuestraba muchachas y las vendía. Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tenía más fuerzas que un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un niño.
En estos negocios de abortos y de tercerías manifestaba una audacia enorme. Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazados y a las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras amables, allí donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban al spoliarium.
El italiano, aseguró el director de El Masón Ilustrado, no era profesor de idiomas ni mucho menos, sino un cómplice en los negocios nefandos de doña Virginia, y si sabía francés e inglés, era porque había andado durante mucho tiempo de carterista, desvalijando a la gente en los hoteles.
Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jerónimo; allí, el sobrino del prestamista, les invitó a acompañarle al baile de la Zarzuela; pero Aracil y Casares supusieron que Victorio no les querría pagar la entrada, y dijeron que no.
—Vamos a hacer una cosa—propuso el sainetero amigo de Casares.
—¿Qué?—preguntó Julio.
—Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido del teatro ahora.