El día que iba don Prudencio, doña Leonarda se multiplicaba.
—Usted, que ha conocido a mi marido—decía con voz lacrimosa—. Usted, que nos ha visto en otra posición.
Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores pasados.
V
MÁS DE LULÚ
Algunos días de fiesta, por la tarde, Andrés acompañó a Lulú y a su madre a dar un paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.
El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más popular y estar cerca de su casa, y por aquel olor acre que daban los viejos mirtos de las avenidas.
—Porque es usted, le dejo que acompañe a Lulú—decía doña Leonarda, con cierto retintín.
—Bueno, bueno, mamá—replicaba Lulú—. Todo eso está de más.
En el Botánico se sentaban en algún banco, y charlaban. Lulú contaba su vida y sus impresiones, sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la infancia estaban muy grabados en su imaginación.