—¡Me da una pena pensar en cuando era chica!—decía.
—¿Por qué? ¿Vivía usted bien?—le preguntaba Hurtado.
—No, no; pero me da mucha pena.
Contaba Lulú que de niña la pegaban para que no comiera el yeso de las paredes y los periódicos. En aquella época había tenido jaquecas, ataques de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que no padecía ningún trastorno. Eso sí, era un poco desigual; tan pronto se sentía capaz de estar derecha una barbaridad de tiempo, como se encontraba tan cansada, que el menor esfuerzo la rendía.
Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su manera de ser espiritual y material. Lulú era muy arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías sin razón alguna.
No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos calientes; sólo le apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...
—¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo consentiría a usted—le decía Andrés.
—¿No?
—No.