El Chafandín puso su garrota en el antebrazo izquierdo, y comenzó una retahila larga de reflexiones y consideraciones acerca de la honra y de las palabras que se dicen imprudentemente.
Se veía que estaba sondeando a ver si se podía atrever a echárselas de valiente, porque aquellos señoritos lo mismo podían ser dos panolis que dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.
Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos y las piernas, dispuesta a saltar.
El Chafandín comenzó a envalentonarse al ver que no le contestaban, y subió el tono de la voz.
—Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote) le ha llamado a mi señora zorra, y mi señora no es una zorra; habrá otras más zorras que ella, y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que yo soy un cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo le como los hígados al que diga eso.
Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe con el garrote en el suelo.
Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés, un poco pálido, se levantó y le dijo:
—Bueno; siéntese usted.
—Estoy bien así—dijo el chulo.
—No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando desde hace mucho tiempo, de pie, y se va usted a cansar.