—¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena!

—No importa.

—Bueno, vete a casa de los tíos—le advirtió Margarita.

—No, ¿para qué?—contestó él—. Yo veo la casa del pueblo, y, si me parece bien, os mando un telegrama diciendo: Contestadles que sí.

—Pero eso es una grosería. Si se enteran...

—¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero andar con ceremonias y con tonterías; bajo en Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama y me vuelvo en seguida.

No hubo manera de convencerle. Después de cenar tomó un coche y se fué a la estación. Entró en un vagón de tercera.

La noche de diciembre estaba fría, cruel. El vaho se congelaba en los cristales de las ventanillas y el viento helado se metía por entre las rendijas de la portezuela.

Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se subió el cuello y se metió las manos en los bolsillos del pantalón. Aquella idea de la enfermedad de Luisito le turbaba.

La tuberculosis era una de esas enfermedades que le producía un terror espantoso; constituía una obsesión para él. Meses antes se había dicho que Roberto Koch había inventado un remedio eficaz para la tuberculosis: la tuberculina.