Un profesor de San Carlos fué a Alemania y trajo la tuberculina.
Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes se les inyectó el nuevo remedio. La reacción febril que les produjo hizo concebir al principio algunas esperanzas; pero luego se vió que no sólo no mejoraban, sino que su muerte se aceleraba.
Si el chico estaba realmente tuberculoso, no había salvación.
Con aquellos pensamientos desagradables, marchaba Andrés en el vagón de tercera, medio adormecido.
Al amanecer se despertó, con las manos y los pies helados.
El tren marchaba por la llanura castellana y el alba apuntaba en el horizonte.
En el vagón no iba más que un aldeano fuerte, de aspecto enérgico y duro de manchego.
Este aldeano le dijo:
—Qué, ¿tiene usted frío, buen amigo?
—Sí, un poco.