—Tome usted mi manta.
—¿Y usted?
—Yo no la necesito. Ustedes, los señoritos, son muy delicados.
A pesar de las palabras rudas, Andrés le agradeció el obsequio en el fondo del corazón.
Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el campo.
Empezaba a cambiar el paísaje, y el suelo, antes llano, mostraba colinas y árboles que iban pasando por delante de la ventanilla del tren.
Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a templar el aire. Cerca de Játiba salió el sol, un sol amarillo, que se derramaba por el campo entibiando el ambiente.
La tierra presentaba ya un aspecto distinto.
Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta, con el río Júcar profundo, de lenta corriente. El sol iba elevándose en el cielo; comenzaba a hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la zona mediterránea la naturaleza y la gente eran otras.