Merino era incansable. No quería dejar nada á la casualidad.
Muchas noches las pasaba enteras á caballo, aunque cayeran rayos y centellas.
Con tanto trajín, un caballo y un asistente no le bastaba, y cambiaba dos y hasta tres al día.
Contaba para la remuda siete ú ocho caballos, los mejores del escuadrón, con sus arneses y monturas.
Siempre llevaba uno enjaezado cerca del que montaba. No quería guardia. Ya sabía que todo el país estaba á su lado, y aunque temía las traiciones, temía más aún las maniobras indiscretas.
En general, cambiaba de caballo por la mañana, al mediodía y al anochecer. Cada uno llevaba su alforjita con su celemín de cebada.
Al montar, siempre decía al asistente:
—Feo.
-¿Qué?
—¿Está bien calzado?