—Sí, señor.

—¿No le falta ningún clavo en las herraduras?

—Ninguno.

—Bueno; pues vamos allá.


VI
ARDIDES Y EMBOSCADAS

Al escribir estas páginas, al cabo de más de veinte años en la obscura cárcel, donde me encuentro preso, me figuro tener hoy los mismos sentimientos de aquella época de mi vida de guerrillero.

Claro que es un error. Los años y la desgracia dan sus lecciones, aunque no se sepa á veces claramente cuáles son.

Por otra parte, había entonces para mí una influencia, cuya presión me es difícil calcular.