Mi hermana y su marido vienen á verme. Les suele acompañar una viudita de la vecindad, muy sensible, que al parecer tiene simpatía por mí y compasión por mi estado, y eso que le han dicho, probablemente algún fraile en el confesonario, que yo soy muy malo, muy malo.

A la viudita le hace mucha impresión lo que cuento yo de la vida de la cárcel; así que tengo que tranquilizarla y decirle al oído, como en esa célebre carcelera:

En la reja de la trena

no te pongas á llorar;

ya que no me quites penas,

no me las vengas á dar.

Varias veces, mientras charlamos, me avisan para ayudar al cura á dar los óleos y voy de acólito suyo con el farol.

Un granujilla viene á llamarme.

—Don Eugenio, que vaya usted á llevar el farol.