EL EMBUDO DE NEILA
Neila es un poblado pequeño, miserable, hundido en un barranco en forma de embudo: se halla en la sierra, hacia un punto donde hay una laguna, de la cual sale el río Najerilla.
Neila está tan escondido, que en el mismo borde del embudo donde se encuentra, no hay nadie que, aun sabiendo que allí hay un pueblo, sea capaz de dar con él. No se ve camino—al menos no se veía entonces por ningún lado—, y sólo deslizándose por un pedregal se encontraba al poco rato el comienzo de una estrecha senda que bordeaba las paredes del embudo y conducía á Neila.
El pueblo ocuparía, con sus campos, un espacio como la plaza Mayor de Madrid.
En los días nublados de invierno, como la luz apenas llegaba á las casas, á todas horas ardían grandes hachas de viento, formadas por fibras de pino. Allí abajo, en los interiores, las paredes, los muebles, todo estaba barnizado por el hollín negro y brillante que dejaba la tea resinosa.
En período de paz, la gente de Neila se dedicaba en aquella época á la corta de pinos para las serrerías mecánicas de las inmediaciones. Durante la guerra, los neilenses vivían con gran miseria.
Merino, cuando se refugió en Neila, hizo que los leñadores formasen una guardia de centinelas por si aparecían los franceses, y mandó, además, arreglar una estrada en lo más agrio de la sierra, por la cual pudieran escaparse él y sus hombres.
LA CUEVA DEL ABEJÓN
Otro de los puntos de refugio de los guerrilleros, y donde guardábamos muchas armas, fué la cueva del Abejón, situada en la cumbre del pinar de San Leonardo, en las inmediaciones de Regumiel.
En la cueva del Abejón, que es grande, cabía mucha gente. Allí estuvo el Brigante con la mitad de sus hombres.