Mi hijo volvió aquel día muy tarde del majuelo, y me contó que debajo del puente había visto á dos hombres, que le parecieron el Capitán y don Diego, apisonando la tierra.
Al día siguiente, cuando se supo la muerte de la cómica, le dije yo á mi hijo:
—¿No habrán sido los asesinos esos dos? Porque yo les vi salir de casa de la tía Cándida... Y mi hijo me contestó:—Madre, usted chochea, usted no ha visto nada.
—Eso es todo lo que sé, señores—concluyó diciendo la vieja.
Se le leyó la declaración, en la que puso una cruz por no saber firmar, y se retiraron las autoridades.
Al día siguiente, el corregidor, con el alguacil y el escribano, fueron á la orilla del río; debajo del puente mandaron cavar en distintos puntos á un bracero y encontraron la capa del Capitán manchada de sangre y dos puños, que pertenecían á don Diego.
Por la noche, don Diego y el Capitán eran presos y llevados á la cárcel con escolta.
El asombro del pueblo fué extraordinario. Don Rodrigo de Acosta se presentó en casa de García furioso, indignado; pero cuando el corregidor le mostró las pruebas, el viejo hidalgo quedó confundido.
El alcaide de la cárcel, que consideraba todos los procedimientos buenos para descubrir un crimen, comenzó por atemorizar á los culpables, poniendo por las noches en su calabozo una calavera entre dos velas; luego dió tormento al Capitán y á don Diego, y al fin éstos confesaron.