El pueblo entero se había declarado en contra de los culpables; creía que don Rodrigo intentaría salvar á su hijo por cualquier medio y todo el mundo estaba dispuesto á no permitirlo.
Sobre el alcalde pesaban mil influencias; su hija estaba enferma, grave; su mujer lloraba constantemente; su sobrino Fernando y don Rodrigo pedían indulto.
—Antes que nada es la justicia—repetía el corregidor.
El viejo Acosta compró al alcaide y á los demás carceleros á peso de oro para que permitiesen escapar á don Diego y propuso al corregidor que hiciera la vista gorda.
García no aceptó.
Acosta le suscitó pleitos para arruinarle.
El alcalde no se rindió.
La hija se agravó; pidió á su padre perdón para su novio. El alcalde dijo que él no era quién para perdonar.
Contra viento y marea llevó el proceso hasta el fin, y no paró hasta que envió á los dos criminales al patíbulo.
Su hija Epifania murió; el sobrino Fernando huyó del pueblo; de la hacienda del Tobalos no quedó nada; toda se la comieron los curiales.