Ganisch me dió los grandes disgustos y estuvo á punto de comprometerme.

Aceptaba el mando en el momento del combate; pero luego era la indisciplina más completa.

—Mira, tú—le decía—, á ver si limpias esto.

—Ya lo limpiarás tú—contestaba con una frescura inaudita.

Determiné no encargarle nada; pero al último no era esto sólo, sino que de pronto me decía:

—Mira, tú, cuida de mi caballo, que voy á ver si encuentro algo de comer.

—Pero ¿tú qué te has creído?—le preguntaba yo.

—Bueno, bueno; ya sabemos lo que es esto.

Al oirle, cualquiera hubiera dicho que representábamos todos una farsa y que él estaba en el secreto.

Afortunadamente, Ganisch se las arregló para que le nombraran cabo furriel, y me dejó en paz.