El alzamiento español se generalizaba; la fiebre patriótica crecía; la resistencia se iba organizando cada vez mejor.
Nosotros, que al principio de la guerra nos hallábamos incomunicados con el resto de España, empezamos á recibir noticias de todas partes. Estas noticias no nos halagaron. Creíamos ser los únicos guerrilleros de una gran partida, y vimos que no. Se comenzó á hablar de las hazañas de Mina, del Empecinado y de don Julián Sánchez.
La gente de las orillas del Duero nos contaba las peripecias de la vida de don Juan Martín, y los llegados del Norte, los hechos heroicos de don Francisco Espoz.
Nuestras glorias quedaban obscurecidas. Se apreciaban los servicios de la partida de Merino, pero no se contaban de ella heroicidades.
Merino había comunicado su manera de ser á su gente, como Mina y el Empecinado á la suya.
En los pueblos se nos tenía por guerrilleros hábiles, astutos, activos, no por gente de coraje. Desprestigio terrible.
Varias veces hablé con el Brigante de esto.
Yo no me hallaba conforme con la táctica del cura; yo creía que el éxito de la guerra no dependía sólo de matar; había que intentar algo extraordinario que nos cubriese de gloria.
Hay gente que supone que en el día no puede ocurrir nada extraordinario ni original. Para muchos, la extraordinariez y la originalidad no se encuentran mas que en las cosas pasadas.
Lo que ha ocurrido ya, para los que piensan tener toda la ciencia en el bolsillo, además de original y raro, les parece necesario y lógico. ¿Pero no les parecería igualmente lógico si hubiera ocurrido lo contrario?