Respecto á la originalidad, es indudable que si alguno pudiera ver las acciones de los hombres en conjunto, las encontraría todas iguales; pero, en realidad, no lo son, como no lo son las hojas de un mismo árbol.

Yo por mi parte y fuera de esto creo que basta el sentimiento íntimo de que lo que uno hace es espontáneo y original para que lo sea.

El Brigante era un poco inclinado al fatalismo, doctrina quizá buena para un filósofo, pero mala para un hombre de acción.

Yo intentaba demostrar que debíamos hacer algo fuera de todos los hábitos rutinarios de los demás.

El Brigante me oía sin replicar.

—Si tuviéramos mil hombres dirigidos por ti—decía yo—, podríamos dar batallas verdaderas.

El Brigante se quedaba ensimismado.

—Aunque tuviéramos quinientos, ¿eh?

Poco á poco me aventuré á hablar más claro, y le dije que debíamos abandonar á Merino.

—¿Y qué vamos á hacer?