Comencé á explorar el ánimo de mis guerrilleros, y me encontré sorprendido al notar que todos eran más partidarios de Merino que del Brigante.

El valor, la audacia del jefe de nuestro escuadrón no producía efecto en nuestras huestes.

Es terrible esto de no poder arrastrar á nadie. De contar con los ciento cincuenta hombres del escuadrón, se hubiera podido hacer algo; pero los guerrilleros eran, ante todo y sobre todo, incondicionales del cura.

El pueblo tiene su instinto que le sirve de lógica. En nosotros, en el Brigante, en Lara, en el Tobalos y en mí, veían algo extraño: una tendencia á sacar las cosas de sus cauces naturales llevándolas por otros caminos, una inclinación á no seguir los usos sancionados y un desdén por sus hábitos de crueldad.

Los guerrilleros nos consideraban como gente extranjerizada.

En cambio, Merino era de los suyos, discurría como ellos, pensaba como ellos, equiparaba la crueldad con el valor. Era un campesino hecho jefe.

Al comprobar esto me desesperé.

¡Qué ocurrencia la mía de ir á Burgos y unirme con Merino!

Habiendo guerrilleros vascos célebres, Mina y Renovales que eran navarros, Jáuregui guipuzcoano, y Longa vizcaíno, tres de ellos muy liberales, la suerte hacía que yo, vasco y liberal, me uniera á un castellano absolutista.

Después, en el transcurso de mi vida, el haber estado á las órdenes de Merino fué un obstáculo para mis planes.