El conde se cuidaba como una damisela. Vestía á la polaca, con todo el oro posible; llevaba los dedos llenos de alhajas, y las muñecas de pulseras.

Montado á caballo, con la larga cabellera al viento, parecía un emperador asiático.

Según decían los oficiales, su tocado retrasaba muchas veces dos horas la marcha de las tropas.

Madama Dorsenne brillaba con tanta luz como su arrogante esposo; había tomado también en serio la misión de dejar estupefactos á los sencillos burgaleses con sus joyas, sus vestidos y sus salidas de tono. Su salón era el punto de cita de la elegancia de Burgos.

Hablaba madama Dorsenne con gran libertad; pretendía demostrar que una condesa-generala podía decir cuanto se le ocurriera sin ser nunca impertinente.

Un día preguntó á una señora española si no tenía hijos.

—No—contestó ella—; hace ocho años que estoy casada, y Dios no nos ha querido dar descendencia.

—¿Y le gustaría á usted tener hijos?

—¡Oh, muchísimo!

—Entonces... ya que no sirve su marido, ¿por qué no cambia usted de hombre?