—No sé; creo que más.
—Si yo fuera á Barbadillo, ¿me recibiría usted en su casa?
—Sí, señor; ¿por qué no?
—¿No tendría usted miedo?
—Miedo, ¿á qué? No creo que me iba usted á comer.
—¿Cuándo va usted á volver á Barbadillo?
—Dentro de un par de días.
—Pues allí me va usted á tener, doña Mariquita. Pienso pedir al Ayuntamiento boleta para que me envíe á su casa de alojado.
—Muy bien.