Bremond dió la mano á la administradora y dijo, lo más rápidamente que pudo, en su mal castellano:

—Señoga. Nos vamos á getigag. Permita usted que salude al ama de la casa á la moda francesa.

Y agarrando á doña Mariquita por la cintura la besó en la mejilla.

Ella se desasió encendida. Saldaña se puso rojo y estrechó convulso el respaldo del sillón.

Bremond, que era valiente, quedó mirando al administrador con serenidad.

—¡Mi coronel! ¡Que está usted en España!—dijo Fichet irónicamente, como quien hace una observación de poca importancia.

—Tiene usted razón, comandante—contestó Bremond; y se inclinó ante el matrimonio, satisfecho y desdeñoso, apoyándose en su sable.

Los cuatro oficiales franceses se retiraron.

LAS VACILACIONES DEL CORONEL BREMOND

El coronel, al entrar en su cuarto, mandó avisar al teniente Mathieu. Mathieu le servía de ayudante. Le ordenó escribiera un oficio al alcalde para que preparase para las cinco de la mañana siguiente dos bagajes mayores para sus maletas y las de los oficiales.