Bremond consultaba todo con Mathieu, hasta sus asuntos particulares. El oficial era mucho más inteligente que el jefe.
La disciplina militar obliga á creer que el coronel ha de ser más comprensivo que el comandante, el comandante más que el capitán y el capitán más que el teniente; pero la naturaleza, que no se cuida de jerarquías militares ni civiles, hace, ayudada por los años, que casi siempre el capitán sea menos estúpido que el comandante, el comandante menos que el coronel y así sucesivamente, hasta el grado más alto de la milicia.
Mathieu era de esos oficiales que son indispensables en un regimiento. El sabía dónde se encontraba la indicación práctica, el plano detallado, el artículo del Código Militar; conocía los recursos extraordinarios de que se puede echar mano en un pueblo y la manera de domesticar á los alcaldes y á los curas recalcitrantes.
El coronel Bremond estaba vacilando: por una parte no quería contar el caso y decir que la graciosa administradora de Rentas de Barbadillo le había sido esquiva; por otra, le parecía su venganza algo espiritual y fino, digno de un militar francés, de un verdadero militar francés de las épocas de Luis XIV y Luis XV, en que no se ganaban grandes batallas, como en tiempo de Napoleón, pero se sabía cortejar en los salones.
Por último se decidió; contó á Mathieu lo ocurrido y acompañó su relato con grandes carcajadas.
—No se ría usted, mi coronel—dijo Mathieu seriamente.
—¿Por qué?
—Porque esto ha sido una emboscada.
—¿Cree usted?...
—No tiene duda. Esas dos mujeres estuvieron en Burgos para incitarle á usted á que viniera aquí.