—¿Será posible?

—Para mí, no tiene duda.

—Puede que tenga usted razón—y Bremond tomó el aire coronelesco que empleaba para las cosas serias.—Mañana encargaré á Fichet que haga averiguaciones; ó si no, las haré yo mismo.

Por la mañana, al levantarse Bremond, ordenó que inmediatamente trajeran á su presencia al administrador y á su mujer; pero el matrimonio había levantado el vuelo. En el momento que el coronel preguntaba por ellos, estaban doña Mariquita, el administrador y Jimena en el campamento de Merino.

Montados en mulas, y por las sendas, dando la vuelta á la peña de Villanueva por Gete y Aedo habían llegado al pinar de Hontoria.

Bremond llamó á Fichet y le dijo cómo les habían engañado á los dos, preparándoles una celada, madama Fermina y la administradora. Así, repartiendo la torpeza entre su comandante y él, Bremond se sentía más aligerado de peso.

—Esas dos mujeres eran espías—dijo Bremond.

—¿Cree usted...?—preguntó Fichet asombrado.

—Estoy convencido.

—Es posible. Estas españolas son mujeres decididas. El hecho es que, si tenían algo preparado en combinación con los guerrilleros, no se han atrevido á hacer nada.