Comenzó á entrar toda la caballería por el Portillo de Hontoria.

En aquel momento eran las diez y media.

Brillaban los uniformes al sol; los correajes, los sables y los cascos despedían centellas.

Yo, con mi anteojo, seguía contemplando á los franceses.

Los que tenían aire más terrible eran los dragones, con su morrión peludo de plumero alto, su casaca y sus botas de montar. Gastaban todos grandes barbas y largos bigotes. Llevaban tercerola en el arzón derecho de la silla, y sable.

Luego, años más tarde, paseando por París, he recordado estos tipos al ver las estampas de Raffet.

De lejos, y á simple vista, parecía la columna de la caballería francesa una gran serpiente de plata escamosa y brillante reptando por entre el verde de los pinares, deslizándose y desenvolviendo sus anillos. Algunos de los soldados iban cantando.

COMIENZA EL FUEGO

Cuando estaban en el centro del desfiladero y comenzábamos los del Brigante á perderlos de vista, sonó una descarga cerrada, á la que siguió un fuego graneado.